¿Qué puede enseñarnos la sexualidad femenina sobre el liderazgo?

Por Nuria Liébana
Sé lo que está pensando. O al menos sé lo que pensaría si alguien me hubiera dicho esto hace diez años: ¿qué tiene que ver el placer sexual con el liderazgo? ¿Adónde va esta mujer?
Es una reacción razonable. Y es exactamente el problema.
Llevamos décadas construyendo el liderazgo femenino sobre la premisa de que el cuerpo de una mujer y su cerebro en contextos de placer son territorios separados, a veces incluso opuestos, a su cerebro en contextos de poder. Como si hubiera una versión profesional y una versión biológica, y las dos no se hablaran.
Esa separación es cómoda. Es presentable en una reunión de consejo. Y es, desde el punto de vista de la neurociencia, completamente falsa.
El cerebro no tiene un modo «trabajo» y un modo «placer» con cortafuegos entre medias. Tiene circuitos que operan de forma transversal a todos los contextos en los que una persona vive, decide y desea. Y cuando empiezas a entender cómo funcionan esos sistemas en el contexto del placer femenino, empiezas a ver con una claridad incómoda por qué tantas estrategias de talento femenino no funcionan.
Querer poder: lo que el cerebro del placer tiene que decirle a su estrategia de talento femenino
«Querer» es el verbo más honesto que existe.
No dice que vas a conseguirlo. No promete que lo mereces, solo dice que lo deseas. Que hay algo ahí fuera, un puesto, un proyecto, una sala a la que todavía no te han invitado, y que algo dentro de ti se mueve hacia ello.
Las mujeres que llegan lejos en las organizaciones tienen ese «querer» encendido de una manera particular.
En español, «poder» es simultáneamente un verbo y un sustantivo. Puedo. El poder. La capacidad y la posición. El movimiento y el destino.
El cerebro femenino persigue ambas cosas a la vez. Y lo hace a través de tres sistemas de recompensa que la neurociencia lleva décadas estudiando en el contexto de la sexualidad femenina y que podemos trasladar al contexto del liderazgo.
Lo que el placer me enseñó sobre el querer y poder
La neurociencia del placer femenino describe tres sistemas de recompensa diferenciados. Los investigadores los llaman, funcionalmente, disfrutar, querer y aprender. Tres verbos que operan de forma relativamente independiente y que juntos determinan cómo una persona persigue lo que desea.
Cuando los estudié por primera vez en su contexto original, la sexualidad femenina, el deseo y la respuesta de placer, pensé: esto puede relanzar la carrera de una mujer.
Disfrutar: el placer de haber llegado
El sistema de disfrutar es el del placer consumado. El de la satisfacción real, concreta, en el cuerpo y en el cerebro, de haber llegado a donde se quería llegar. Está mediado por opioides endógenos. Genera la sensación subjetiva de que valió la pena.
En la sexualidad femenina, es el sistema más ignorado históricamente. Durante siglos, literalmente siglos, la investigación, la medicina y la cultura asumieron que el placer femenino era secundario, derivado, menos importante que el masculino. El resultado fue generaciones de mujeres con un sistema de disfrutar sistemáticamente infraestimulado, mal comprendido y peor atendido.
¿Les suena a algo?
Porque cuando miro la historia del reconocimiento profesional femenino veo exactamente el mismo patrón. Las mujeres que trabajan más, que entregan más y que sostienen organizaciones enteras desde posiciones donde su nombre no aparece en ningún titular. Un sistema de disfrutar, de recibir la señal de recompensa equivalente al esfuerzo, crónicamente mal calibrado por un entorno que no fue diseñado pensando en ellas.
El cuerpo y el cerebro aprenden. Y lo que aprenden, cuando el esfuerzo no genera satisfacción equivalente, es a reducir el esfuerzo. No como elección, sino como supervivencia neurobiológica.
Querer: el motor del «todavía no»
El sistema de querer es el que más me cambió la forma de ver el liderazgo femenino. Y el que más me cuesta explicar en reuniones de RRHH sin que alguien se remueva en su silla.
La dopamina, el neurotransmisor que gobierna este sistema, no genera placer, un matiz importante. Genera impulso hacia el placer que todavía no ha llegado. Es el sistema del deseo anticipatorio, de la tensión entre donde estoy y donde quiero estar o del «eso podría ser mío» que precede a cualquier movimiento hacia un objetivo.
En la sexualidad femenina, este sistema es el del deseo. No el del orgasmo, eso es disfrutar. El del querer. El de la atracción, la anticipación, el movimiento hacia. Y uno de los hallazgos más importantes de las últimas décadas en investigación sobre sexualidad femenina es que este sistema puede estar completamente disociado del sistema de disfrutar: una mujer puede desear intensamente y no llegar a disfrutar. Y puede disfrutar sin haber deseado activamente.
Mujeres que ejecutan con una excelencia impecable, que claramente disfrutan de su trabajo, de su equipo, de los resultados, pero cuyo sistema de querer más, ascender más, ocupar más espacio, está completamente apagado. No porque no sean ambiciosas. Sino porque en algún momento, en muchos momentos acumulado, el entorno les enseñó que el impulso hacia arriba no llegaba a destino. Y el cerebro, que es infinitamente más inteligente que cualquier discurso de empowerment, dejó de generarlo.
A eso no lo llamo techo de cristal. Lo llamo extinción dopaminérgica por entorno hostil. Y es recuperable. Pero no con un taller de dos días.
Aprender: la memoria que decide si vale la pena volver a intentarlo
El sistema de aprender es el que cierra el circuito y el que determina, a largo plazo, si una mujer sigue queriendo poder o deja de intentarlo.
Este sistema integra toda la historia de recompensa de una persona para responder a una sola pregunta: ¿vale la pena volver a intentarlo? No de forma consciente. De forma neurobiológica, automática, profunda.
En la sexualidad femenina, este sistema explica por qué las experiencias tempranas de placer o de frustración organizan el deseo adulto de formas que ninguna decisión racional puede simplemente anular. El cuerpo tiene memoria y esa memoria no se borra con voluntad.
En el liderazgo femenino, este sistema explica algo que he visto demasiadas veces y que me sigue doliendo cada vez que lo veo: mujeres extraordinarias que en algún punto dejaron de querer. No de golpe. Poco a poco. Una reunión donde su propuesta fue ignorada. Un proyecto que le dieron a otro. Un ascenso que prometieron y no llegó. Un éxito que nadie recordó con su nombre.
Cada una de esas experiencias no es solo un recuerdo. Es una actualización del sistema de aprendizaje de recompensa. Una instrucción que el cerebro archiva sobre si este entorno es seguro para querer más.
Y cuando ese archivo dice que no — cuando el sistema de aprender ha registrado suficientes señales de que el impulso no se recompensa — la ambición no desaparece de un día para otro. Se va apagando. Hasta que un día esa mujer pide el traslado, acepta el lateral, decide que «tampoco quería tanto ese puesto» y nadie en la organización entiende exactamente qué pasó.
Por qué esto cambia todo o debería
No les estoy pidiendo que pongan la sexualidad femenina en la agenda de su próxima reunión de talento, o si. Permítame traducirlo a lenguaje de negocio, porque es donde esta conversación tiene que llegar.
Si su organización invierte en programas de liderazgo femenino sin entender cómo funcionan estos tres sistemas, está interviniendo en la superficie de un problema.
Las organizaciones que entienden esto dejan de preguntarse por qué pierden a sus mejores mujeres justo cuando más las necesitan. Porque ya saben la respuesta.
Y las que todavía no lo entienden seguirán invirtiendo en programas de liderazgo femenino que intervienen en la superficie de un problema que vive en la arquitectura neurobiológica de sus equipos.
Yo estudié el placer femenino para entender el poder femenino. No porque sean lo mismo. Sino porque comparten los mismos circuitos. Y quien entiende los circuitos, entiende cómo diseñar entornos donde esos circuitos se activen en lugar de extinguirse.
Eso es lo que hacemos en Citrus x Limetta.
Y sí, lo digo en las primeras reuniones con clientes. Ahora.



