Ser mujer es lo mejor que te va pasar

Por Nuria Liébana
Ser mujer es lo mejor que te va a pasar en la vida.
No lo digo como slogan de campaña de marzo con fondo morado. Lo digo desde una convicción personal que se ha ido construyendo entre biología, evolución, experiencia y conocimiento.
Lo repito:
«Ser mujer es lo mejor que te va a pasar en la vida.»
Sé que una parte de ti quiere ponerle peros a esa frase. Que ya quisiera ella, que no es tan sencillo, que la realidad es que… Para. Esa voz que acaba de aparecer para relativizar la idea de que ser exactamente tú es extraordinario no es tuya. Y lleva demasiado tiempo ocupando espacio que necesitas para otras cosas.
¿Cuándo fue la primera vez que sentiste que tu cuerpo era un problema?
Para algunas fue la primera vez que les vino la regla y alguien, con la mejor intención del mundo, que conste, les dijo que tuvieran cuidado, que no se notara, que había cosas que no se hacían esos días.
Para otras fue la primera vez que lloraron en el trabajo y alguien las miró con esa mezcla de condescendencia y alivio de quien acaba de confirmar una teoría.
Para otras fue simplemente el peso acumulado de décadas de publicidad, medicina paternalista y cultura popular diciéndoles que su cuerpo era demasiado impredecible, demasiado presente, demasiado visible.
Para mí fue a los doce años, cuando mi cuerpo empezaba a desarrollarse y cualquier ropa era motivo de burla.
El resultado, en todos los casos, es el mismo: mujeres que aprendieron antes a disculparse por su cuerpo que a entenderlo.
Pero, ¿cómo construyeron el mito de que ser mujer era el sexo débil?
En el siglo XIX, médicos con títulos perfectamente enmarcados diagnosticaban a las mujeres con histeria, término derivado del griego hystera (útero), cada vez que mostraban emociones intensas, opiniones propias o, sencillamente, inconformidad con su entorno. La lista de síntomas abarcaba desde espasmos musculares e insomnio hasta irritabilidad y cefaleas.
Cualquier mujer que repase ese inventario reconocerá de inmediato molestias asociadas hoy al ciclo menstrual. Lo que la ciencia actual comprende como una respuesta biológica y hormonal completamente habitual era, no hace tantos años, una enfermedad mental con nombre propio.
El tratamiento oficial recetaba reposo absoluto y prohibición estricta de realizar cualquier actividad intelectual. Y aunque a muchas de nosotras no nos importaría un retiro prescrito de vez en cuando, lo de no poder realizar actividad intelectual, creo que no va conmigo.
No fue hasta 1980 cuando los manuales de la Asociación Americana de Psiquiatría erradicaron definitivamente el diagnóstico de neurosis histérica.
La ley no se quedó atrás. En España, una mujer casada no pudo abrir una cuenta bancaria sin permiso de su marido hasta 1975, y su plena capacidad legal y procesal no se consolidó hasta 1978. La narrativa de la fragilidad, además de cultural, era jurídica. Estaba codificada en leyes que convertían la supuesta debilidad femenina en un hecho administrativo con consecuencias reales.
Lo construyeron tan bien que durante generaciones nos encargamos nosotras mismas de perpetuarlo. En voz baja. Entre nosotras. En cada «no llores, que pareces una histérica» que una mujer le decía a otra.
Hay que reconocérselo, lo hicieron muy bien.
Y en la actualidad ¿cómo se vive la experiencia de ser mujer?
Nos enseñaron que ser mujer era, en el mejor de los casos, algo a superar. Un punto de partida difícil que las más valientes conseguían trascender. Un conjunto de limitaciones biológicas que las más inteligentes aprendían a ignorar.
Pero la realidad, al menos para mi, es que ser mujer es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Lo digo sin romanticismo y sin ingenuidad. Sé perfectamente que el mundo no fue diseñado pensando en nosotras. Sé que hay estructuras, sesgos y narrativas que todavía hacen que ser mujer cueste más de lo que debería.
Yo me hice una ligadura de trompas a mis 35 años. No quiero hijos. No es una fase, no es una decisión de la que vaya a arrepentirme y no necesito que nadie me lo confirme. Es mi cuerpo. Es mi vida. Y conocerlo bien, amarlo bien, incluye saber lo que quiero que haga y lo que no. He sido juzgada por ello, preguntada, incluso he sentido silencios incómodos, pero la realidad, es que me da igual. Porque conocer mi biología, mi salud y mi sexualidad es lo mejor que he podido hacer.
Conocer tu biología no significa hacer con ella lo que el mundo espera que hagas. Significa decidir. Desde el conocimiento, desde la libertad y sin deber explicaciones a nadie.
La biología femenina es una ventaja competitiva
Sí. Las mujeres somos biológicamente diferentes a los hombres. Es un hecho. Y es fantástico.
Pero entonces, ¿por qué nadie nos lo enseñó bien?
¿Por qué aprendemos antes el teorema de Pitágoras que cómo funciona nuestro ciclo menstrual? ¿Por qué sabemos más sobre la historia de Roma que sobre cómo nuestras hormonas cambian a lo largo de la vida, en la adolescencia, en el embarazo, en la perimenopausia, en la menopausia? ¿Por qué nadie nos explicó que el ciclo menstrual es, en realidad, una herramienta mensual gratuita que el cuerpo femenino tiene para valorar su propio estado de salud y que cuando algo falla ahí, el cuerpo lo está señalando antes que cualquier prueba médica?
Nadie nos enseñó que cada fase del ciclo tiene una arquitectura hormonal propia que afecta al rendimiento cognitivo, al estado de ánimo, a la energía, al sueño y a la forma en que procesamos el mundo. Nadie nos enseñó a optimizar la alimentación y el ejercicio en función de esas fases, no para adelgazar, sino para rendir mejor, descansar mejor, crear mejor. Nadie nos habló del placer femenino como parte de la salud, del orgasmo femenino o del deseo.
Nos dieron un cuerpo extraordinario. Y nos mandaron al mundo sin instrucciones.
Eso es exactamente por lo que decidí crear Citrus x Limetta: un espacio donde poder escribir sobre la gran experiencia de ser mujer, desde el punto de vista de la biología, la salud y la sexualidad femenina.



