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El síndrome de la impostora: ¿el mayor bulo del mundo corporativo o la excusa perfecta para que no crezcas?

31 Ago 2026
mujer ejecutiva

Por Nuria Liébana

Síndrome de la impostora: Bienvenida a septiembre.

Puntual como el frío de otoño y los emails de vuelta al trabajo. Cada año, sin falta, aparece en LinkedIn con fondo degradado, en los podcasts de desarrollo personal y en los talleres de liderazgo que prometen resolverlo en una mañana de jueves.

Y yo, que llevo años leyendo todo eso, tengo una pregunta:

¿Y si el síndrome de la impostora es, en parte, un bulo?

No el fenómeno, el fenómeno es real y tiene una biología precisa que vamos a ver en un momento. Sino el marco. El nombre. La forma en que llevamos décadas diciéndoles a las mujeres que lo que sienten es un síndrome, algo que les pasa a ellas, algo interno que tienen que gestionar, en lugar de preguntarnos si quizás el problema no está en las mujeres sino en los entornos que las rodean.

Mi profesor de comunicación, Martín, me dijo algo hace un tiempo en uno de sus talleres, que no he olvidado:

«Lo que llaman síndrome de la impostora no existe, no es más que el punto que has de trascender entre lo que ya no eres y lo que vas a ser. Es la señal de que estás creciendo.»

Guárdatelo. Lo vamos a necesitar al final.

Lo que pasa realmente en tu cuerpo con el «síndrome de la impostora»

Porque el fenómeno es real. Y tiene una explicación biológica que merece más atención que cinco pasos con fondo degradado.

Cuando una mujer experimenta lo que llamamos «síndrome de la impostora», ese estado de alerta constante ante el propio éxito, esa incapacidad de sentir que los logros son merecidos, su biología está haciendo cuatro cosas muy concretas y muy medibles.

  1. Cortisol y adrenalina:

    El cuerpo libera niveles elevados de cortisol y adrenalina ante la anticipación del éxito en lugar de ante una amenaza real. El sistema nervioso no distingue entre el peligro de un depredador y el peligro percibido de ser descubierta como fraude. Responde igual. Con la misma urgencia y con el mismo coste biológico.

    El resultado es un estado de alerta crónico que agota el sistema nervioso, deteriora el sueño y reduce progresivamente la capacidad de tomar decisiones complejas.

  2. El secuestro de la amígdala:

    La amígdala, el centro emocional del miedo, bloquea parcialmente el córtex prefrontal cuando percibe amenaza. El córtex prefrontal es exactamente la región encargada de la evaluación objetiva, el pensamiento estratégico y la toma de decisiones racionales.

    Lo que significa, en términos prácticos, que cuando intentas evaluar objetivamente tus propios logros con «síndrome de la impostora» tu cerebro te lo impide. El miedo literalmente secuestra la capacidad de verte con precisión.

  3. El fallo en la recompensa:

    Cuando alguien logra una meta, el cerebro debería liberar dopamina generando satisfacción y motivación hacia el siguiente objetivo. En mujeres con «síndrome de la impostora», ese mecanismo falla. El miedo a la siguiente tarea o la atribución del éxito a la suerte inhibe la liberación de dopamina.

    El logro no se siente como satisfacción. Se siente como alivio temporal, el alivio de no haber sido descubierta todavía.

    Y un cerebro que aprende que el éxito no genera satisfacción deja de buscarlo. Es decir, tu ambición no desaparece de un día para otro. Se va apagando, hasta que un día decides que «tampoco querías tanto ese puesto.»

    Ya hemos hablado de esto antes. Y sigue siendo igual de indignante.

  4. La maravillosa serotonina:

    La serotonina es un neurotransmisor que se produce principalmente en el intestino, y que el organismo sintetiza a partir del triptófano, un aminoácido que obtenemos a través de la alimentación. Su producción depende de factores como la exposición a la luz solar, la calidad del sueño, el ejercicio físico y, significativamente, el nivel de estrés crónico, y otra cosa no, pero estrés podría ser el apellido del síndrome de la impostora.

    La serotonina modula el estado de ánimo, la seguridad social y la capacidad de procesar el estatus propio en relación al entorno. Niveles bajos o alterados están vinculados a la ansiedad por el estatus, esa sensación constante de no estar a la altura, y a la rumiación cognitiva: darle vueltas obsesivamente a los mismos pensamientos negativos sin poder salir del bucle.

Entonces el síndrome de la impostora es ¿bulo o realidad?

Las dos cosas.

Pero antes de responderla, un dato que merece su propia mención.

En 1978, las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes describieron por primera vez este patrón. Lo llamaron «The Impostor Phenomenon.» Y para su estudio inicial eligieron una muestra de 150 sujetos. Todos ellos mujeres.

Solo mujeres.

El fenómeno se descubrió estudiando exclusivamente a mujeres.

Tómate un momento, porque tiene su mérito.

Si esto te suena familiar es porque no es la única vez que ha pasado. Hace no mucho (y seguro que te suena porque es viral en las redes sociales) se ha descubierto que un estudio de nutrición de la AESAN, para mujeres menopáusicas se ha realizado con datos exclusivamente de hombres. La ciencia estudiando a las mujeres con datos de hombres, y estudiando lo que debería ser un patrón genérico solo con mujeres. La coherencia metodológica es, cuanto menos, selectiva.

Pero volvamos al síndrome.

La psicología reconoce hoy que afecta a personas de todos los géneros. Los hombres también lo experimentan, generalmente a través de la ansiedad por el estatus, el miedo a no cumplir con el rol de líder infalible o el aislamiento. Nadie lo llama síndrome del impostor en sus titulares de septiembre. Nadie llena LinkedIn de posts sobre cómo los hombres necesitan trabajar su confianza antes de la vuelta al trabajo o al obtener un puesto nuevo.

El fenómeno es universal. El foco, curiosamente, no.

Y aquí va la pregunta incómoda de hoy:

¿afecta más a mujeres porque las mujeres son más inseguras o porque las mujeres operan en entornos donde sus logros son sistemáticamente atribuidos a la suerte, la ayuda o las circunstancias?

El cerebro aprende de su entorno. Y cuando el entorno le dice repetidamente que el éxito no es tuyo, el cerebro lo registra. Con cortisol, con la amígdala secuestrada y con la dopamina inhibida.

Llamarlo síndrome de la impostora y mandarte a un taller a trabajarlo es, con todo el respeto, una broma de mal gusto de bienvenida a septiembre.

Lo que esto significa para ti

Si esta vuelta al trabajo ha traído consigo esa voz, la que dice que esta vez te van a descubrir, que el verano te ha oxidado, que los demás están más preparados, quiero que recuerdes dos cosas.

La primera: lo que sientes tiene una base biológica. Conocerla te da ventaja porque puedes influir en ella. Puedes mejorar tu sueño, tu alimentación, disminuir la inflamación intestinal, hacer ejercicio y técnicas para disminuir el estrés.

La segunda es la de Martín: Si sientes que no encajas del todo en el lugar donde estás, puede ser porque todavía no has llegado del todo. No porque no merezcas estar ahí. Sino porque estás en tránsito. Entre lo que ya no eres y lo que todavía no has terminado de ser.

Eso no es el síndrome de la impostora. Es el sonido del crecimiento.

Y septiembre, que siempre ha sido el mes de los comienzos reales, es el mejor momento para aprender a reconocerlo.

«Así que de nuevo Bienvenida a septiembre.»

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